Desorientados en la selva de concreto

Ya estamos en Colombia, llegamos a Bogotá. Por momentos sentimos que esta gran ciudad nos ahoga.  Comenzamos nuestro viaje recorriendo la capital por la razón obvia que acá tenemos familia y verla es una oportunidad que no queremos dejar pasar. Sabemos que estamos en un universo que nos separa de lo que venimos a buscar y a conocer, es decir esa riqueza natural y esas tradiciones ancestrales del país. Nuestro periplo todavía no empieza… Pero igual, el viaje inicia de otra forma.

Salimos del aeropuerto y directamente nos encontramos inmersos en la vorágine de esta gran ciudad de casi ocho millones de habitantes. Entramos sin ninguna transición en este mundo urbano donde hace calor y hace frio a la vez. Bogotá nos recibe con su típica bipolaridad climática donde un calorcito de un sol mañanero puede ser remplazado a media tarde por una lluvia constante e interminable. Hay que prepararse con varias prendas de vestir y el accesorio más común para muchos bogotanos “el paraguas”. Así mismo el frio de su lado urbano es compensado con la calidez de su gente. Sentimos unas ganas de conocer (Adri) y volver a ver (Juli) Bogotá, aunque el movimiento de la ciudad nos da ganas de salir, respirar y estar en la naturaleza lejos de la agitación, del trafico urbano y  también del ruido.

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Colombia lleva algo de esa Bogotá de contrastes y aunque sabemos que aquí no encontraremos el misticismo de un bosque o una selva, queremos ir a descubrirla y a redescubrirla; caminando por algunas de sus calles, movilizándonos en los transportes públicos e interactuando con su gente.

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La contaminación visual y del aire quedan minimizados al lado del ruido del monstruo urbano ; aviones, buses, autos, gritos, etc… Todos nuestros sentidos están desorientados y al final del día ya no sienten nada. Pensamos que la ciudad nos aleja de lo que nos caracteriza como seres vivos, como animales, capaces de sentir nuestro ambiente de todas las formas posibles. En ocasiones, nuestras ganas de descubrir, de conocer y de visitar se apagan. Es un mundo de concreto donde la gente esta metida a 200 % en el sistema de consumo. Realmente estamos lejos de la naturaleza y de las culturas ancestrales…

Es un poco duro adaptarse al ritmo agitado de la ciudad. Parece que el ambiente urbanizado esta alienando cada vez más a la gente mientras nosotros a cada paso que damos solo miramos hacia la montaña, que está tan cerca pero más lejos del diario vivir de los bogotanos. Parece ser que los cerros orientales son unos de los tantos edificios viejos de la ciudad en vía de desaparición y que nadie voltea a mirar. Si Bogotá está “2600 metros más cerca de las estrellas”,  nosotros pedimos a gritos estar unos cuantos metros más arriba.

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Caminamos en barrios concurridos como Chapinero Central, El lago, La Soledad, Teusaquillo, Las Aguas y La Candelaria que, aun siendo pocos en nuestro itinerario urbano, nos dejan ver la gran cantidad de cambios que ha tenido la ciudad. A cada cuadra nos vemos al lado de grandes edificios de todos los tamaños, algunos ya con mucha historia que contar y otros, en su mayoría, nuevos. Al parecer el concepto ciudad está atado al hecho de llenar cada espacio vacío con una nueva mole de concreto. Por otro lado, también nos impacta el color en muchas de sus calles. Bogotá con el pasar de los años se vuelve más colorida a través de los grafitis, cosa que era impensable en los años noventas. Una expresión urbana que deja ver en cada muro que corren gritos de rebelión, igualdad y libertad. La bicicleta es otra metamorfosis de esta enorme ciudad. Salir a pedalear para ir al trabajo o a la universidad se ha vuelto más popular, más constante. Dejó de ser la actividad del domingo para convertirse en otro medio para movilizarse y aunque compite a cada instante con el transporte público se ve que cada vez más gente ha optado por él.

Seguimos andando y continuamos escuchando el ruido de las bocinas, los gritos de los vendedores ambulantes, la música a alto volumen que sale de un negocio, de otro y de otro más. Tenemos cierto cansancio, es más mental que físico. Miramos hacia las montañas por algunos segundos y sin más es como el remedio de todos los males: la montaña nos atrae… En efecto, la imponente Cordillera de los Andes limita la parte oriental de la ciudad deteniendo (por el momento) el desarrollo urbano al este.

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Subimos al famoso Cerro Monserrate que domina todo Bogotá. Ir hasta allá arriba es indispensable si vienes a esta ciudad y si quieres tener una vista panorámica de la ciudad, pero nadie nos dijo que subir nos hacia tener ganas de quedarnos allí y no bajar, al menos por un buen tiempo.

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Tuvimos la oportunidad de ver algunas aves como buitres, colibríes, copetones, mirlas negras y otras especies de aves. Todo cambia desde arriba y, aunque no pudimos subir a pie como queríamos, llegamos con el placer de sentirnos como en casa. El aire se transforma, se puede respirar mejor, el ruido de la ciudad se apacigua y el verde resplandece como nunca. Definitivamente, esta experiencia en Monserrate nos confirma que hemos dejado de ser urbanos y que lo que buscamos a través de nuestros viajes es esta conexión entre el ser humano y la naturaleza.

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2 comentarios sobre “Desorientados en la selva de concreto

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