Un valle místico en el corazón de los Andes

Hay lugares que transmiten cierto misticismo desde el primer instante que llegas a ellos, quedas estupefacto y sin palabras. Bueno, eso mismo es lo que nos pasa al llegar al Valle del Cocora, desde que comenzamos a recorrer sus senderos sentimos la fuerza que genera este bello lugar. Instalado en pleno corazón de los Andes a pocos kilómetros del pueblo de Salento, este valle se caracteriza por su riqueza en bosque andino, variedad de especies de colibríes y sobre todo por lo que es reconocido en todo el país, las inmensas palmas de cera, árbol emblemático de Colombia.

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Antes de entrar y comenzar a caminar por los senderos del valle, sobre la ruta por la cual llegamos, vemos a lado y lado plantaciones de aguacate, algunas fincas donde se tiene ganado vacuno para la producción de leche y donde también se incentiva y se demanda la conservación del lugar. Solo se respira calma y tranquilidad en el aire, no hay nada que perturbe el ambiente de relajación que da el lugar. El recorrido más conocido es de cinco horas y se hace a pie o se puede tomar la opción de hacer una mitad en caballo y otra caminando. Lo mejor y más recomendable es ir temprano en la mañana sobre todo en temporada de lluvias como lo hacemos nosotros.

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La entrada al valle se hace por un camino de herradura, por donde pasan no solo personas sino también mulas, que transportan víveres a la casa de los colibríes la cual se encuentra al interior del bosque, arriba en la montaña. Desde que iniciamos el recorrido podemos ver las tan famosas palmas de cera. Se dejan observar resplandecientes en la cima de cada colina o mimetizadas entre los otros arboles del bosque y como son tan particulares no las puedes perder de vista.

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Proseguimos nuestro recorrido, el bosque entra en escena y nosotros sentimos los olores de cada planta a nuestro alrededor. Los aromas son irresistibles y a cada inhalación nos dejamos seducir. Hay mucho barro por todo el sendero pero esto no empaña el momento que estamos viviendo. Cuando nos encontramos con el rio también van apareciendo puentes colgantes que le dan emoción al recorrido, estos son bastante rústicos y hacen juego perfecto con el bosque. Estamos muy conectados con cada detalle que nos da el Valle del Cocora, sentimos que elegimos bien al descansar de nuestro periplo en bici para iniciar a llenarnos de riqueza natural.

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A mitad de nuestra caminata tomamos el sendero que nos lleva a la casa de los colibríes de la Fundación ACAIME (Acaime es el nombre de un cacique indígena de los Panches que habitó las tierras del Valle del Cocora).

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Llegar a este pequeño refugio de montaña es especial; el lugar está resguardado por todo el bosque y es imposible verle de lejos, cuando vamos llegando se empieza a escuchar el trinar de los colibríes y en un instante los vemos aparecer volando sobre el refugio. Ellos son libres, sobrevuelan cada árbol y también algunos pequeños bebederos que han dispuesto las personas que trabajan en el lugar. La particularidad de esta diminuta ave es innegable, además que el aletear de sus alas decora y acentúa la magia del bosque.

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Después de tomar un rico chocolate caliente en la casa de los colibríes continuamos con nuestra caminata. Comenzamos a subir por otro camino para tener un punto de vista del valle. En Cocora, en el mes de noviembre siempre llueve y esto hace que se forme una densa neblina en algunas horas del día y para nuestra suerte este día no fue la excepción. Mientras  subimos se comienza a tapar la montaña y empieza a llover de manera constante y fuerte. Al llegar al punto de vista donde hay una linda casa no podemos ver nada, solo a unos metros de distancia un colibrí que parece tomar su ducha habitual.

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Estando al abrigo, descansamos unos minutos. La lluvia continua y parece que no va a parar, debemos decidir si continuar o esperar a que el clima amaine. Al final sentimos que la situación va para largo, no dudamos ni un minuto más y continuamos con la última etapa de nuestro recorrido. Vamos por un sendero más abierto y que parece ser un camino principal para llegar a la casa donde estábamos en la parte de arriba, nos vamos encontrando poco a poco con otros caminantes quienes también se han rendido a la fuerza de la lluvia y deciden terminar la caminata como nosotros, sin hacer caso al clima.

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Con la lluvia los perfumes del bosque se vuelven más fuertes, son exquisitos al olfato. Avanzamos mojados de los pies a la cabeza y de repente la lluvia cesa, la neblina comienza a disiparse y es ahí cuando el espectáculo de las palmas de cera inicia. Cada una aparece tímidamente y muestra su belleza. ¡Es increíble! Al mismo tiempo los loros orejiamarillos aparecen en escena  y terminan de completar el cuadro. Rápidamente, la neblina vuelve y así la lluvia. El momento fue corto pero inolvidable, es como si el bosque nos hubiera dado ese regalo antes de partir. Sentimos mucha alegría de estar en tan hermoso lugar. El Valle del Cocora queda en nuestro corazones no solo como un monumento natural de Colombia, sino como un sitio sagrado que necesita ser protegido y conservado para siempre como muchos otros lugares del país.

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