Un lugar de contrastes llamado Chocó

Vemos por la ventanilla del avión la exuberante de la selva chocoana y a su lado el inmenso océano pacífico. Poco a poco aparecen pequeñas casas que nos indican que llegamos al municipio de Bahía Solano. Aterrizamos en el pequeño aeropuerto José Celestino Mutis y ya sentimos ese calor húmedo que da el Chocó.

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Esta parte del país siempre ha sido asociada con la pobreza, solamente porque la infraestructura que debería poner el estado nunca ha llegado de manera sólida. Pero estando equivocados posee otro tipo de riquezas; su naturaleza, la amabilidad y alegría de su gente que hacen que este departamento sea hermoso y mágico. Pienso que Bahía Solano estando alejado del resto del país siente esa ausencia de lo que nosotros llamamos comúnmente “desarrollo” que puede ser un arma de doble filo para toda la belleza que tiene el lugar.

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Desde que descendemos del avión la amabilidad y calidez de sus habitantes no se deja esperar. Hay siempre un saludo y una sonrisa que no espera nada a cambio. Un agente de policía que nos acerca a Bahía en su camioneta nos pregunta: ¿Qué hacen acá? Como si fuese extraño llegar a un lugar tan alejado de todo el resto del país y al cual muchos no voltean a mirar. Le contamos un poco de nuestro proyecto de viaje y que el Chocó está dentro de los lugares que queremos conocer y descubrir. Le sigue pareciendo extraño y al parecer él desde los dos meses que esta en la zona no ve nada de interesante.

Llegamos a la alcaldía de Bahía donde con suerte encontraremos al contacto que venimos a buscar. Con él deseamos conocer a las comunidades Embera, quienes en su mayoría habitan en el Parque Nacional Natural de Utría.

Los tiempos aquí se manejan de otra forma y la palabra “esperar” no es nada fuera de lo común. Mientras esperamos podemos observar a los pobladores; viven en levedad y calma, es como si nada los perturbara. Pienso que en cualquier momento entraremos en ese modo. Llega la persona que buscamos, se llama Isidoro Tapi y es el representante de los Embera en Bahía Solano. Le comentamos nuestras  ganas por conocerlo y hablar con él. El nos deja ver su interés y sin prometernos nada nos dice que deberemos esperar al final de semana para ver como nos puede organizar una visita a las comunidades Embera.

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Al rato partimos para el Corregimiento El Valle, donde se encuentra la mayoría de posadas turísticas y podemos conocer más fácil la riqueza natural del lugar. Tanto en Bahía como en El Valle se encuentran pobladores indígenas, afrocolombianos y colonos provenientes del interior del país, todos a pesar de sus diferencias viven en armonía sin dejar de lado algunos pequeños incidentes que se pueden presentar, pero nada con impacto en la comunidad. Vemos en cada esquina a algunos de los locales sobre todo hombres, con motos deportivas; esto me pone a pensar un poco porque si aquí los trabajos no alcanzan ni para la comida diaria como se llega con el dinero para comprar un aparato de estos, así dejamos el interrogante abierto.

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Aquí la base de la construcción de las casas es la madera, alguna que otra está hecha en ladrillo y cemento pero no rompe la lógica de las otras construcciones. Es impresionante ver la urbanización del lugar y sus alrededores que son una tupida y espesa selva. La navidad también se asoma por estas tierras, vemos las decoraciones y luces de colores que aparecen en cada puerta y ventana de las casas.

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Caminamos y sentimos las miradas de todos los lugareños. Somos los blancos, somos los turistas, somos los que llegan pero luego parten. Las fronteras del silencio y las miradas se rompen en el momento en que comenzamos a saludar, sin hacer ninguna distinción de edad. Es como que ese buenos días, buenas tardes o buenas noches fuera un hilo de unión y simpatía entre todos. Así entre saludo y saludo vamos conociendo a los pobladores en pocos días, tanto que, a la semana, no podemos hacer ni una cuadra sin encontrarnos con alguien conocido.

Como el lugar es pequeño todos se conocen entre todos. Miguel el conductor que nos trae de Bahía al Valle conoce muchos de los dueños de posadas como Doña Gloria, que es la dueña de la posada en donde decidimos quedarnos, y ella conoce a Antonio uno de los señores que tiene una lancha para ir hasta el parque nacional y él al mismo tiempo conoce a la sola familia en el pueblo que tiene servicio de internet. Luego Absalón, un guía conocido en la zona, conoce a cada vecino y vecina del lugar. Si así seguimos no dejaríamos de terminar la cadena de relaciones que aquí se dan.

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Los niños como en el resto del país ya están de vacaciones, se ven corretear por cualquier lugar, disfrutan del mar, de sus juegos en la calle o de ver algún partido de fútbol en la cancha del pueblo. Son traviesos, alegres y curiosos. La gente es muy alegre y se siente mucho animo en el ambiente. La música en este lugar de la costa pacífica está siempre presente, sea para bailarla o solo ponerla para que el vecino la escuche. Nos vamos acostumbrando poco a poco al ritmo local y como no hemos llegado en época de ballenas no hay mucho turismo por el lugar.

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Estando aquí a orillas del mar pacífico quisiéramos conocer todo el Chocó y que las rutas se abrieran para seguir nuestro camino hacia el norte. La belleza y la tranquilidad es indescriptible. Nos encanta la alegría y sencillez de su gente. Estamos listos para conocer su riqueza costera y su enorme selva. Como se dice por acá: “Este lugar es bien elegante”.

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