Los Embera en una dualidad cultural en el medio de la selva

“Al llegar al aeropuerto de Bahía Solano habíamos visto tres personas sentadas en una esquina, alejadas del resto y sobe todo en total silencio, esperando quizás, algún vuelo para partir a algún lugar. Eran indígenas Embera. Adri se percato primero de su presencia que yo, nos quedamos mirando discretamente sus pinturas corporales y faciales. Pensé: aquí comienza nuestro aprendizaje.”

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Salimos temprano en la mañana para encontrarnos con Isodoro Tapi, representante Embera en el municipio de Bahía Solano. Es él que ha organizado toda la logística de nuestro viaje a una de las tres comunidades indígenas (Boroboro, Posa Manza, El Brazo) que se encuentran cerca de Bahía. Nosotros vamos al Brazo, nos dirigimos allí por el río Valle donde navegamos casi por una hora río arriba. Acceder a los lugares aquí requiere en su mayoría del uso de lancha y esta vez no es la excepción. Nos llevan en una barca a motor, debemos pagar este transporte que asumimos como el valor para poder conocer la comunidad. Desde el principio no imaginamos intercambiar dinero alguno para conocer a las comunidades indígenas en Colombia, es por esto que pagar para ir al Brazo nos perturba un poco y nos inquieta.

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Cada comunidad tiene un gobernador, el de la nuestra se llama Omar Tapi y es hermano de Isidoro, el nos dice quien nos va a llevar y también nos explica sobre una regla que hay en todas las tres comunidades. Cuando eres visitante, turista o como se le quiera llamar, debes pagar un impuesto que es administrado por un tesorero y sirve para ayudas de la población. En lo que habíamos pagado antes pensábamos que el impuesto estaba incluido, pero no, lo debemos pagar aparte. Con Adri decidimos que eso seria lo último que daríamos. Vamos viendo que las cuestiones monetarias aquí tienen que manejarse de manera prudente.

Terminada la parte administrativa de nuestro encuentro conocemos a nuestro anfitrión, Eber Machuca, un hombre de 32 años, muy amable quien nos lleva hasta su comunidad. En la balsa nos acompaña su hijo, Juan Pablo, a quien le da ciertas indicaciones en lengua embera.

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Con los dos vamos navegando rio arriba e ir en este sentido no es nada fácil, debes ser conocedor de la corriente y los obstáculos que pueden aparecer, la ayuda del motor facilita la tarea porque hacerlo solamente con remo puede llegar a ser una odisea. Eber nos muestra los ríos que van a Boroboro y Posa Manza, las otras dos comunidades. De a poco nos vamos acercando al Brazo y él nos indica donde se encuentran los limites de su comunidad, limites que nos están marcados físicamente pero que ellos reconocen muy bien con solo verlos. Estos límites han sido tema de discusión entre afros e indígenas en varias ocasiones. Llegamos  a destino y el clima por ahora nos acompaña.

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El brazo tiene una población aproximada de 200 habitantes entre niños, jóvenes y adultos y hay unas 68 familias. Nuestra llegada da curiosidad sobre todo a los niños quienes, con tímidas sonrisas, nos saludan y también a los adultos que con sigilo nos miran desde las casas. La mujer de Eber, Lina, nos recibe con su nena Yuliana de tres años. Lina también habla español y esto hace fácil la comunicación. Aquí en mayor o menor medida todos hablan español pero siempre entre ellos hablan en legua embera. Existe la escuela desde el preescolar hasta el bachillerato allí les enseñan los dos idiomas. Algunas familias han migrado a Bahía solano y El Valle queriendo que sus hijos aprendan mejor el español y puedan integrar de manera más fácil la sociedad colombiana; a veces cuando veo a los chicos que han salido de sus comunidades para ir al Valle, me pregunto a qué precio…

Eber nos lleva a recorrer su comunidad, nos muestra tanto el colegio como el pre-escolar, nos muestra el quiosco que es lugar para grandes celebraciones y también la casa donde se reúne el gobernador con algunos pobladores en distintas ocasiones. Desde allí tenemos una hermosa vista del río Valle, El brazo y la selva chocoana que lo rodea. No podemos creer que estamos en este lugar, quedamos todos en silencio y sonreímos.

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Al rato, conocemos a Diana, hermana mayor de Eber, quien viene de recolectar popochas (un tipo de plátanos) con sus dos hijas. Según lo que entendimos mientras que los hombres hacen las labores de caza, pesca y algunas otras veces de construcción de casas en la comunidad, las mujeres se ocupan de la recolección del alimentos como de otras tareas del hogar, aunque algunas veces ellas también salen a cazar.

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Entre los miembros de la comunidad hay un intercambio de productos cuando es necesario en las familias; plátano por yuca, arroz por huevos entre otros. Aunque a veces parte de la producción sale del Brazo para ser vendida y así conseguir dinero y comprar productos que ellos necesitan.

En el Brazo hace 18 años que tienen acceso a la electricidad, puede parecer muy poco tiempo pero si se pone en la balanza lo rápido que ha llegado a ellos artefactos como la televisión, o un equipo de sonido o mismo un teléfono celular táctil dando el riesgo a que ciertas cosas ancestrales se pierdan también puede parecer mucho tiempo.

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No podemos caminar mucho alrededor de la comunidad  sobre todo al interior de la selva porque el clima comienza a cambiar y parece inestable. Esta zona ha sido muy afectada por la fuertes lluvias del último invierno y ha habido derrumbes en todos lados, con Eber preferimos no tomar el riesgo de ir, por eso él nos muestra otro lugar donde se encuentran las plantaciones de plátano.

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En este lugar, Alejandro su cuñado, esta construyendo una casa para vivir y poder criar a sus cerdos de manera más tranquila. Ahí también las lluvias han hecho estragos, la mayoría de cultivos fueron arrasados y cuando el río se crece acaba con todo.

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Aquí los Embera aunque han tenido el acceso para conseguir armas para cazar, siguen manteniendo la tradición del arco y la flecha.

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Nos muestran como funciona y nos dejan ensayar algunos tiros de puntería, es muy divertido. Mientras tanto Lina nos ha preparado un rico almuerzo que luego comemos con gusto. Estamos un poco cansados del viaje en canoa de la mañana entonces decidimos tomar una siesta que nos reconforte.

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Desde que llegamos vemos que los niños nadan muy bien, es que desde que tienen dos años de edad empiezan a aprender a nadar, cabe aclarar que la corriente del río Valle no es cualquier cosa, tiene bastante fuerza y puede llevar a cualquiera hasta el mar en segundos. Los niños aprenden con sus padres y también con sus hermanos mayores. El estar en el agua es una diversión pero también es un aprendizaje importante en su vida diaria. Según la tradición, a corta edad les dan huevos de iguana para que comiencen a nadar sin problema.

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Verlos en el río con tanta confianza nos gusta mucho y simplemente decidimos compartir eso con ellos. Al terminar la tarde sin darnos cuenta ya estamos con casi todos los niños de la comunidad compartiendo otros juegos.

También vimos como la tarea de lavar se hace en el rio, las mujeres llevan sus bateas cargadas de ropa y así comienzan a lavarlas una por una , la que llama más la atención son sus faldas que desde niñas visten como atuendo tradicional. Ellas le llaman “telas” y es que eso es lo que son, las atan a su cintura una, dos y hasta tres veces dando forma a unas hermosas faldas llenas de color. Unas son más vistosas que otras, prefieren las más vistosas para salir o para festejos importantes.

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Las pinturas corporales y faciales no las vimos en esta comunidad, solamente en una de las niñas, no quisimos indagar mucho al respecto pero sobre lo que si preguntamos fue sobre su lengua. Como siempre los niños tuvieron la primera interacción. Juan Pablo y Didier su primo nos enseñaban como saludar, partes del cuerpo y hasta los números. Como todo idioma, el embera tiene su parte compleja pero resulta interesante aprenderlo.

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Dormimos temprano, el sonido de la lluvia guarda nuestro sueño hasta la mañana siguiente. El canto de muchos gallos nos despierta, parece que hay una competencia para saber quien es el que puede despertarnos más rápido, al final parece que todos han ganado. Eber y su familia ya están despiertos. El día anuncia lluvias, nuestra estadía parece que va ser más corta de lo que esperábamos. Lina nos ofrece un café, en ese mismo instante llega Eber quien porta un collar y pulseras artesanales, nos cuenta que un  amigo suyo se los ha dado. Para los Embera, elaborar estas artesanías es un trabajo arduo y largo, los diseños son según paisajes, animales o figuras que ellos ven y que tratan de visualizar al hacer los collares o pulseras. Luego ellos mismos las venden.

Como estaba anunciado la lluvia comienza a caer. La selva nos dice que ya debemos partir de su interior y así lo hacemos. Ciertos interrogantes se arman en mi mente, la dualidad que viven estás tres comunidades, no solo la del Brazo, me genera un poco de escalofríos. No sé si ese desarrollo imaginario, o que les han hecho imaginar, sea la solución a ciertos problemas que tienen, si se sabe que existen otras alternativas creadas de su centro de vida, generadoras de soluciones e inclusión social sin dejar de respetar su esencia indígena.

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