Pedaleando fuerte de los Andes al mar Caribe

Las rutas colombianas nos sorprenden todos los días con su increíble belleza. Decidimos tomar la carretera que va de Medellín a Turbo, una ruta secundaría para ir a la costa Caribe de Colombia que además de tener variedad de paisajes es muy agradable para andar en bicicleta.

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Salimos de Medellín con un sol radiante, el calor sube poco a poco y después de haber parado doce días de hacer bici el cuerpo necesita ponerse en forma para poder continuar. Recomenzar el viaje pedaleando requiere subir montaña, por eso vamos tomándole el ritmo paso a paso. Durante los primeros kilómetros nos encontramos con un enorme túnel, queremos pasarlo pero hay una prohibición para bicicletas, intentamos convencer al vigilante que nos deje pasar pero no es posible. Es un túnel bastante largo y esto genera conservación de gases tóxicos perjudiciales para la salud y es por eso que prohíben el paso, al final desistimos de nuestra idea y tomamos la opción de que alguien nos pase en auto. Después de esta interrupción seguimos nuestra ruta, comenzamos de nuevo a ver a nuestro amigo el río Cauca. Como siempre impetuoso y fuerte va recorriendo el valle refrescando al menos el panorama.

Nuestra primera parada al retomar las rutas es Santa Fe de Antioquia, una ciudad al oeste de Medellín, la cual es considerada patrimonio nacional del país. Su estilo colonial lo hace muy llamativo. Aquí por primera vez en este viaje buscamos la hospitalidad de los bomberos voluntarios de la ciudad. En verdad no sabemos si hay algún grupo pero de todas formas nos  ponemos en la búsqueda y para nuestra suerte existe y su estación está en pleno centro de Santa Fe.

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Al llegar al lugar, se encuentra reunido un grupo de seis bomberos voluntarios, entre ellos Jorge quien nos recibe de manera muy agradable y Liria quien es una de las responsables de todo el equipo. Ellos acaban de terminar la novena de navidad que hacen con los niños del pueblo, nos explican un poco como ha pasado esa tarde y que están muy animados por toda la cantidad de niños que acuden cada día. Como en su oficio, en este tipo de actividades ponen mucho entrega y dedicación. Actualmente no tienen un lugar propio, buscan que se les otorgue un lugar donde pueda haber la infraestructura suficiente para poder organizarse mejor, aún así su labor es eficiente al ayudar a la comunidad.

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Siempre en cada lugar que llegamos tenemos la oportunidad de intercambiar un poco nuestra experiencia viajera con la vida de nuestros anfitriones y esta vez no es la excepción. Cada uno de ellos tiene una profesión distinta pero eso no impide que sientan el deseo de ayudar a su comunidad, de sentirse útil para ella. Intercambiando esta pequeña conversación cae la noche y así tenemos el privilegio de ser acogidos por los bomberos de Santa Fe de Antioquia.

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Nuestro camino sigue y nos espera el último paso de montaña de esta primera etapa de nuestro periplo. Jorge del equipo de bomberos voluntarios ya nos había dicho que íbamos a encontrarnos con varios miradores para poder disfrutar del paisaje. No estaba equivocado, desde que comenzamos a ganar altitud, la vista del río Cauca era magnífica. Encontramos distintos pueblos que decoran la montaña y aunque hace mucho calor disfrutamos haciendo algunas paradas y así admirar el panorama.

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Llega la tarde y nos encontramos en un pueblito llamado Pinguro, allí nos reciben Nelson y Jaison quienes nos reciben en su casa que es la de otros trabajadores de una empresa encargada de hacer túneles. Pensamos en utilizar la carpa pero ellos insisten en que en la casa hay espacio y que podemos sentir mucho frío a causa del viento que hace todas la noches; esto lo vine a comprender después cuando me despertó la fuerza del viento y una corriente de aire fría que entraba por algún lado de la casa.

Jaison, con quien  el que más pudimos conversar, nos comparte que quiere cambiar de estilo de vida, hacer lo que le gusta; la educación física, y que aunque gana bien con su actual trabajo, después de haber tenido un accidente en auto, valora más cada momento de su vida y se da cuenta que el dinero no siempre va ser su felicidad. Pensamos que nuestro encuentro le ha dado un poco más de coraje para animarse a ir por sus sueños.

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Pinguro nos despide con una bella mañana, así seguimos nuestro recorrido. Tenemos aun montaña por andar y más desnivel que nos sorprende en medio de la ruta. Por aquí las carreteras son muy variables pasamos de ruta pavimentada a ripio unas cuatro veces, esto hace que todo mi cuerpo se tensione y las manos comienzan a doler. La concentración que tenemos es mayor porque estas irregularidades se presentan al subir y al bajar y son bastante exigentes. Desde que salimos de allí el clima comienza a variar también, se vuelve más cálido en unas partes que en otras, es por eso que el cambio de ropa se hace necesario.

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Queremos llegar a Dabeiba; esa noche, sin darnos cuenta la ruta no sigue el valle, esto hace que subamos más desnivel del que pensamos y resultamos viendo todo el valle desde las alturas y  esos ríos que nunca dejaron de existir y nos recuerdan que la montaña aún sigue presente dentro del paisaje en este viaje. Cerca del pueblo de Uramita descansamos en la finca de una señora Mary,  escapamos de una lluvia que nos persigue desde hace varios minutos.

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A la mañana siguiente a eso de las ocho de la mañana, estamos listo para seguir ruta, lo que nos resta de montaña es mínimo y el clima se torna más húmedo. Hay mucha plantación de papaya, y vegetación selvática que nos transporta de nuevo a paraísos desconocidos, volvemos a ver casas más precarias y nos encontramos en ruta con indígenas, esta vez Embera Katios. En esta parte del trayecto tenemos tiempo para ir cada uno a su ritmo sintiendo el viaje cada uno a su manera.

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De repente algo llama nuestra atención; al lado de la ruta va corriendo un río y sobre él un grupo de indígenas pasa para llegar al otro lado a través de un cable. Utilizan una estructura metálica que sirve como capsula para poder transportarse; mientras que del lado de la ruta una persona suelta un poco de cuerda para que la capsula pueda avanzar del otro lado, otra está esperando para tirar la misma cuerda haciendo que el individuo transportado llegue sano y salvo. Lo impresionante es que de lado y lado hay abismo y un río que parece ser inclemente. Parar para observar la escena como si fuese el espectáculo de turno parece morboso, al mismo tiempo a mi me hace sentirme impotente ver que estas personas no tienen una manera digna de llegar a sus casas sin poner en riesgo sus vidas.

Después de este momento seguimos y nos vamos encontrando con más resguardos de Embera Katios sobre la ruta, antes de llegar al municipio de Mutatá nos encontramos con una comunidad bastante organizada y donde su población comercializa sus artesanías al lado de la ruta, tanto mujeres y hombres participan de esta labor. Venden aretes, pulseras y hermosos collares que son tradicionales no solamente por su colorido sino también por las diferentes formas que tienen. Son elaboradas con pequeñas piedras lo cual lleva bastante tiempo para su elaboración.

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En el trayecto la lluvia nos alcanza y hace que sigamos nuestro último tramo antes de Mutatá lavados de pies a cabeza. Al final de la tarde logramos encontrar una finca ganadera donde esperamos nos reciban para pasar esta noche. Lina y David son quienes nos reciben, además de ellos están los niños que agrandan la familia; Juan David, Johana, Jaison, Yesid y Erly. Todos son muy amables desde que llegamos, parece que fuésemos familia lejana que hace rato no venia a visitarlos, no dejan de brindarnos todo lo que tienen desde su sencillez, eso me cautiva y me hace valorar más este sueño que hemos construido con Adri.

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No nos queremos ir pero bueno la ruta sigue, desde aquí comenzamos a recorrer lo que llaman “La ruta del banano”, las plantaciones se encuentran a lado y lado cambiando totalmente el paisaje, como la carretera es plana podemos avanzar y hacer hasta 100 km por día, el cansancio se aliviana y lo que nos hace tomar bastante agua es el sol que nos sigue a cada kilometro que avanzamos.

Cada ciudad que vamos encontrando la atravesamos rápido para evitar la congestión de los autos y la algarabía. Al cruzar la ciudad de Apartadó, unos cuantos kilómetros más adelante, nos detenemos en una finca bananera que se llama La Tortuga donde trabajan al menos 60 empleados. No es una de las fincas más grandes  de la zona pero tiene una buena producción con capacidad para poder exportar. Teniendo el permiso de poder dormir esa noche allí, montamos nuestra carpa y descansamos pensando en lo que será el día de mañana cuando veamos el mar Caribe.

La mañana es un poco caótica, debemos levantarnos temprano ya que todos los empleados llegan a las cinco y media para comenzar labores a las seis, bien temprano, horarios que son muy duros para nosotros haciendo un buen esfuerzo físico en bicicleta cada día. Aun así agarramos camino y seguimos la aventura. Continuamos por la ruta del banano, la carretera se hace cada vez más plana. El calor se va apaciguando gracias a lo que nosotros pensamos es la brisa del mar, se alcanza a sentir el olor inconfundible que genera. Llegamos a Turbo y es más fuerte la sensación.

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Buscamos un pequeño pueblo llamado Tie donde vamos a hablar con otro contacto indígena de la comunidad Tule. Por estas rutas los pueblos no están muy alejados el uno del otro y no están claramente marcados por eso debemos estar atentos o preguntar por donde estamos. Por suerte no es el caso de la vereda Tie, que tiene un gran cartel, la encontramos al instante y lo primero que buscamos con nuestra mirada es el mar, alguna playa que podamos tocar y celebrar nuestra llegada al mar Caribe. Estamos más que contentos.

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Así es como la montaña ha sido de sorpresiva y encantadora a la vez con su relieve y su paisaje,  también la gente que hemos conocido hasta ahora ha sido increíblemente generosa con nosotros; pedir un espacio para dormir en cada lugar que encontramos se vuelve un compartir entre familia y amigos. No esperábamos menos, Colombia nos enamora día tras día y eso que aun quedan kilómetros por recorrer.

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