La fuerza del desierto de la Guajira

Cuando pensamos en el departamento de la Guajira se nos vienen a la cabeza dos cosas: la comunidad indígena Wayuú y el enorme desierto que con su fuerte viento y su clima hostil forma un paisaje lleno de singulares formas y colores al lado del gran mar Caribe. La vegetación árida y seca decora el paisaje entre cactus, trupillos y pequeños matorrales. La mayoría de animales de la zona son chivos y vacas pastoreadas por los Wayuú, también se encuentran variedad de aves terrestres y marinas.

Nuestro esfuerzo de luchar contra el viento nos lleva hasta un punto importante que divide el departamento entre baja y alta Guajira, se llama “Cuatro Vías” y como su nombre mismo lo indica son dos rutas que se cruzan formando cuatro caminos a cuatros lugares importantes: Maicao ciudad frontera con Venezuela, Rioacha capital del departamento, Uribia capital indígena de Colombia y Albania un pequeño poblado al lado de una de las mineras de carbón más grandes del país.

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Nuestro rumbo es Uribia y como nuestro cansancio es grande, decidimos tomar un camión que nos lleve hasta este lugar y así poder encontrarnos con nuestro contacto en esta ciudad. En toda la Guajira siempre son visibles “las rancherías” que son agrupaciones de casas de familias Wayuú y que son elaboradas en su mayoría de madera.

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Hay dos puntos importantes en destinación turística cuando se visita La Guajira; El Cabo de la Vela y Punta Gallinas. Nosotros decidimos ir solamente al primer destino. Sabemos que ir hasta el Cabo de la Vela en bicicleta es un puede ser difícil, por eso decidimos tomar otra opción de transporte esta vez. Al principio del recorrido, el vehículo en el que vamos va por una línea recta de puro ripio y luego se mete entre dunas de arena donde la ruta es formada por diferentes caminos que toman los mismos conductores, es decir que hay que conocer esta zona para no perderse. El sol se va escondiendo y así el ocaso y la noche llegan a cubrir el desierto. Llegamos al Cabo de la Vela a las seis de la tarde, este lugar nos recibe con un fuerte viento y el sonido del mar, el cual veremos por última vez aquí.

A la mañana siguiente podemos ver lo que la obscuridad cubrió la noche anterior. El Cabo es un pequeño poblado tranquilo, donde sus habitantes viven del turismo, la pesca, la venta de artesanías Wayuú y también de la venta de combustible. Caminamos por el centro del pueblo que se recorre en algunos minutos y luego decidimos irnos a uno de los miradores de la zona; El pilón de azúcar, lugar situado a unos cuantos kilómetros del centro. Agarramos un mototaxi y aunque las moto no es mi medio de transporte favorito, lo tomamos como opción para ir.

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Al subir a la cima del pilón hay una vista increíble del desierto y del mar. El lugar es hermoso, la fuerza del viento le da mucha energía al lugar además ver las aves volar nos hace disfrutar más de la vida salvaje que existe en el Cabo.

En la tarde vamos al faro para ver el atardecer. En este momento Adri y yo pensamos en que nos conocimos en el punto más sur de Sudamérica y ahora estábamos en la parte más norte cumpliendo un nuevo sueño.

Esperamos hasta que la última luz del sol se vaya para poder descender de nuevo al pueblo, contentos sabiendo que pudimos llegar hasta este lugar, nos sentimos muy felices disfrutando cada segundo.

Cualquier desierto aunque es hostil y difícil tiene su belleza escondida que solo la permite ver cuando el lo quiere. La Guajira nos muestra esa hermosura y nos despide para que continuemos camino.

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