De finca en finca como en casa

Ya les había hablado en el articulo  “Volver a la raíz” que para mí era ajena esa gentileza y manera de acoger de los colombianos de la que tanto me hablaban Adri y otros viajeros que habían visitado Colombia. Ahora llevamos más de dos meses de viaje en este país que me vio nacer y confirmo todo eso que escuche.

Desde el principio del viaje siempre fuimos bien acogidos en el campo y ahora que estamos entre el desierto guajiro y la zona montañosa de la cordillera oriental no hay excepción a la regla. Hemos pasado por todo tipo de fincas y siempre hemos tenido muy buenos anfitriones. Pasa que en Colombia no hay muchos espacios libres para acampar y montar nuestra carpa para dormir a cielo abierto, siempre encontramos todos los terrenos cerrados pues son propiedad de alguien, entonces es donde ahí entra a jugar nuestra presentación ante cualquier dueño o administrador de finca.

Éstas nos dan también seguridad y la posibilidad de compartir con las familias que viven en cada una de ellas. Sabemos que estas personas que nos reciben no tienen ninguna obligación con nosotros y que si en algún momento nos dicen que no nos pueden recibir, lo debemos tomar de manera natural sin ninguna recriminación. En muchas ocasiones todas las familias que nos han recibido nos dan más de lo que solicitamos, que es un espacio para dormir.

Algo que notamos poco a poco cada vez que pasamos de un departamento a otro, es el cambio de la gastronomía. Tenemos el placer de disfrutar lo que come la gente local; pasamos de comer bastante pescado, arroz, a comer más carnes, más pastas, granos y eso sí mucha yuca. Nuestros anfitriones siempre quieren agasajarnos lo mejor posible. Con cada sí que recibimos al preguntar si podemos dormir en cada lugar que pasamos, más lo que nos brindan, ya nos sentimos como reyes.

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Y es que el verbo confiar en Colombia puede llegar a ser tan importante como lo es comer, porque con tanto dolor que ha dejado la violencia por tantos años en este país no es fácil recibir a un extraño para compartir la casa y menos relacionarlo con la familia. Pensamos que el miedo es algo con lo que se elige vivir o no y las personas del campo lo saben. Siguen adelante, trabajan duro y vuelven a creer que hay personas buenas aún.

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La ruta también nos sigue dando encuentros viajeros interesantes. Por ejemplo conocimos a una familia de Bucaramanga que iba hasta Cartagena. Ésta se componía de los padres, su hijo de nueve años que andaba en su propia bici y un pequeño perrito que los acompañaba, al verlos y conversar con ellos desmitificamos ese mito de que cuando ya tienes hijos no te puedes lanzar a aventuras de viajes itinerantes. Nos cruzamos también con un australiano que viajaba por todo el continente americano y otros dos colombianos que ya viajaban desde hace varios años por Sudamérica y varias veces por Colombia. La locura del viaje en bici parece que esta impregnada tanto en jóvenes como en adultos que también sienten la amabilidad dentro del país del Sagrado Corazón.

Cada encuentro permite redescubrirnos, aprender más de nosotros mismos. Vamos viajando y al mismo tiempo digerimos todo esto que estamos viviendo. Nos quedan aún más lugares por descubrir de Colombia y sabemos que tendremos el placer de conocer nuevas y buenas personas que van a aportar a nuestro sueño y a nuestra vida.

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