Soñando despiertos en las montañas de la Cordillera Oriental

Todo indicaba que en nuestro itinerario estaba el Parque Nacional del Cocuy, que disfrutaríamos de la alta montaña en este precioso lugar y al mismo tiempo conoceríamos a la comunidad indígena U’wa que habita en esta parte del país. Lastimosamente nos encontramos con que el parque se encuentra cerrado de manera indefinida. Esto nos hace cambiar de rumbo antes de volver a la capital. Analizamos nuestro mapa y vemos que aunque no vayamos al Cocuy tenemos el placer de pasar por lugares llenos de increíbles montañas, cosa que ya estamos esperando desde hace algunos días que venimos pedaleando casi solo en rutas planas. De nuevo pensamos en los pasos de montaña y más que en los kilómetros que haremos allí, pensamos en el desnivel con el que nos encontraremos.

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La montaña nos recibe con su primera subida al entrar a la ciudad de Bucaramanga que es capital del departamento de Santander, si a eso le sumamos el tráfico que hay nos da como resultado una verdadera odisea. Era la primera vez que volvíamos  a subir después de haber pasado en las planicies de la costa colombiana. Llegamos  sin ningún contratiempo a donde Catherine y su familia quien nos acogerían por unos días para poder descansar  y prepararnos para lo que viene.

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Después de recobrar fuerzas salimos dirección el Cañón del Chicamocha, que es un accidente geográfico ubicado cerca de la ciudad de Bucaramanga. Tenemos una exigente ascensión llena de un increíble paisaje llenos de colores ocres, grises, marrones y algunas tonalidades de verdes.

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Vamos subiendo cada uno a su ritmo, esto nos permite conectarnos con el cañón y su exuberancia. Aunque seguimos por una ruta principal y continuamos encontrándonos con muchos vehículos, el silencio de la montaña se cuela muchas veces entre los bocinazos de algunos camioneros y conductores de bus.

A las cuatro y media de la tarde comenzamos a buscar nuestro próximo lugar para dormir. Por obvias razones geográficas no podemos acampar en este lugar y a la vista no vemos ninguna casa  donde pedir un espacio para dormir. Debemos avanzar unos kilómetros más y subir otros cuantos metros de desnivel. El cansancio de la jornada ya está haciendo su trabajo. Solo a eso de las seis de la tarde encontramos alguien que nos acoja. Sonreímos de alegría al saber que finalmente el día a terminado. De nuevo la montaña nos ofrece su hospitalidad.

Comenzamos a sentir la frescura de estar a más altura, se respira un aire que nos despierta al instante y nos vigoriza  para poder avanzar. Es otro nuevo día en el cual tomamos la decisión de salirnos de la ruta principal y tomar una secundaria con la que estaremos aun más inmersos en la montaña. La verdad queremos escapar lo más rápido posible, viajar en bicicleta al lado de tantos vehículos  puede agotarte mentalmente y hacer que no se disfrute  del paisaje.

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Nuestro primer destino es un pequeño pueblo llamado Mogotes, antes de llegar allí nuestro camino alterno nos deja descubrir un sinfín de verdes matizados con variedad de colores que aparecen en diferentes tipos de flores. Nos sentimos en plenitud; nada de tráfico, nada de ruido y paisajes espectaculares.

Llegamos a una finca que, para nosotros, tiene el privilegio de emplazarse en uno de los lugares más lindos que hemos visto durante el viaje. Leonardo su propietario y Lola su esposa nos reciben sorprendidos, como siempre se hacen la preguntas de rigor para podernos conocer. La finca es muy acogedora y el lugar es muy tranquilo, preciso para poder descansar. Queremos que el tiempo se prolongue en este lugar o que la ruta se haga más larga porque sabemos que dentro de poco los días de pedalear habrán terminado.

Al día siguiente nos dirigimos hacia San Joaquín. Para llegar allí debemos pasar por una ruta que no está asfaltada y que nos va requerir atravesarla por completo por más que haya cansancio. Comienza de manera plana pero poco a poco comienza a subir. Por más de que hay piedras por todo el camino y que hacen que el ascenso sea más técnico nos sentimos en forma y con todas la ganas de avanzar.

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Debemos llegar hasta un paso que se llama “Alto de los cacaos” donde después descendemos hasta llegar a nuestro pueblo. El aire que se respira es puro y lo bueno del recorrido es que podemos encontrar fuentes de agua natural y fresca para hidratarnos cuando lo necesitamos. ¿Qué más le podemos pedir a la vida? ¡Adri y yo tenemos cara de pastel de cumpleaños!

Después de la pausa cotidiana de medio día, que la verdad es bastante corta para mi gusto, debemos comenzar a descender. Esta parte del recorrido es la que siempre me hizo más ruido. Es una bajada bastante técnica y la experiencia de bici de montaña no la tengo.

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Adri está pendiente todo el tiempo y me indica como hacer para no resbalar o caer menos por los precipicios que se ven constantemente mientras bajamos. Es una bajada de una hora, que parece ser eterna. Para mi calma llegamos a salvo a San Joaquín, donde hacemos una breve pausa para luego avanzar más pues sabemos que a última cuesta será la más fuerte de todas.

Ya no queriendo pedalear más y deseando encontrar un lugar para dormir esta noche, nos acercamos a una casa en ruta donde vive Emilse con su hijo Juan David y ellos nos reciben de manera muy amable y muy abierta. Yo la observo a ella y me parece una mujer de carácter muy fuerte y al mismo tiempo su sonrisa resalta también una mujer muy tierna y amable. El solo verla nos genera mucha admiración. Dicen que las mujeres de esta zona tienen mucho coraje y  es en Emilse que podemos confirmarlo. Nos alegra haberla encontrado.

A la mañana siguiente nos levantamos tarde para nuestro horario habitual, al parecer el cuerpo ya siente el cansancio de los ascensos y pide más reposo. Después de un rico desayuno nos despedimos y seguimos nuestro rumbo. Llegamos al tercer pueblito, llamado Onzaga, de esta bella ruta secundaria. Con este tercer lugar, formamos nuestro grupo mosquetero de pequeños pueblos encantadores. Adri y yo nos miramos, reímos de este nuevo día porque la verdad no queremos hacer muchos kilómetros hoy, literalmente tenemos pereza o más bien un gran cansancio.

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Nos levantamos tarde y no queremos hacer el último ascenso en horas de la tarde con el fuerte sol y el calor que parece no parar. Compramos algunas cosas para abastecernos para el medio día. Cuando salimos de Onzaga, no avanzamos mucho y mi mente ya está haciendo huelga para que nos detengamos. Por suerte a unos cuantos kilómetros encuentro el lugar perfecto para nuestro merecido reposo. Detrás de un portón y cruzando un puente de madera que atraviesa un hermoso río se encuentra la finca de Nelson y Oscar. Nosotros primero solo queremos almorzar para luego tentar a subir lo que nos queda. Nos permiten almorzar sin ningún problema, mientras eso yo me deleito con el paisaje y mi mente aumenta más la huelga dentro de mi para no continuar y quedarnos esa tarde allí para retomar nuestro camino al día siguiente. Adri se ve y se siente también agotado.

Al final después de pensarlo algunos minutos pensamos que es la mejor decisión. Nelson no nos hace problema para quedarnos sino que además nos ofrece un rico almuerzo, preparado por Nohemí que es como la mamá de todos allí. Aquí se cultiva maíz, aguacate, se tienen ovejas y ganado además de grandes hectáreas de montaña virgen. La sonrisa se nos sale de la cara, estamos en un lugar increíble. Disfrutamos de la hospitalidad y generosidad de todos en la finca. Con Adri queremos nuevamente que el tiempo se detenga y la imagen del paisaje que tenemos ante nuestros ojos no se borre nunca.

Una nueva noche y un nuevo día llegan y así otra despedida. Nos damos cuenta que se nos está haciendo duro decir adiós, más cuando se encuentra a gente tan linda y que nos proponen quedarnos por más tiempo. Eso es lo que traen los viajes, encuentros que te marcan, personas que dejan un bello recuerdo y nuevas amistades que se forjan de manera contundente.

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Nuestro último día de ascenso lo realizamos con más energía que nunca, nos sentimos entusiasmados y con ganas de llegar a nuestro punto alto de montaña a casi 3500 m. Vamos subiendo lentamente pues el ripio de la ruta es bastante acentuado, igual seguimos sintiendo el paisaje y sus aromas. Tenemos proyectado estar arriba  a la una de la tarde. Con cada ascenso que hemos tenido el cuerpo se ha ido acostumbrando, sentimos que nuestros músculos trabajan bien y al 100%. Pasado el medio día llegamos a nuestro último destino de alta montaña después de 4 días maravillosos, gritamos de emoción, nos abrazamos, estamos soñando despiertos y es espectacular.

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La montaña nos llena de vida y solo nos resta dejarnos abrazar por ella. Su energía nos da lo que necesitamos para los últimos kilómetros antes de llegar de nuevo a Bogotá.

2 comentarios sobre “Soñando despiertos en las montañas de la Cordillera Oriental

  1. Bonjour mes chéris, j’apprécie beaucoup vos “reportages”, Ils me donnent l’impression d’être sur vos portes bagages… Bon séjour à Bogota, bisous aux parents. Quand partez vous dans le Sud ? Bises

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