En plena época colonial en Villa de Leyva

La entrada a Villa de Leyva es triunfal. Después de arduos días de montaña llegamos con una sonrisa de alegría a ésta ciudad colonial, una de las más encantadoras de la parte andina de Colombia. Yo no dudaba en lo absoluto que sería de gusto de Adri y que seria el mejor lugar para poder recobrar fuerzas.  Villa de Leyva tiene ese no se que, no se donde que enamora.

Cuando comienzas a recorrer sus calles empedradas empiezas a viajar en el tiempo encontrándote con las diferentes casas las cuales están bien conservadas; al mismo tiempo da gusto ver que las nuevas construcciones siguen respetando esa arquitectura colonial de uno y dos pisos de las edificaciones, para que la ciudad no pierda ese espíritu histórico.

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Por suerte llegamos en temporada baja, esto nos permite disfrutar mucho más de cada espacio que brinda la ciudad, sobre todo de las diferentes plazas que se encuentran en ella. Le cuento a Adri que en el mes de agosto en la plaza principal se realiza “El festival de cometas” y que el cielo se ve llenos de colores con cometas de diferentes tamaños, es increíble.

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Villa de Leyva es una ciudad que mezcla tanto la cultura colonial española con la cultura indígena muisca. En tiempos de los muiscas las tierras eran más verdes y habían espacios más abiertos,  después de la llegada de los españoles se comienzo a construir la ciudad y poco a poco se fue ampliando, las tierras se fueron volviendo más secas y minerales dejando el paisaje como lo conocemos ahora.

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Para saber un poco más de los muiscas, ir a la laguna de Iguaque resulta ser interesante, además de ser un recorrido al aire libre en contacto con la montaña. También los alrededores de Villa de Leyva guardan mucha información paleontológica de la zona, es por eso que hay un museo para visitar un gran fósil que se encontró y además un museo paleontológico que también es atractivo para el que viene.

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La simpatía de este lugar se la llevan sus perros callejeros, que aunque se encuentren vagabundeando por todas las calles parecen ser protegidos por locales y turistas. Yo como amante de estos animales soy feliz saludando a cada perro que me cruza en el camino. Yendo al mirador del Santo, lugar donde se puede tener una vista preciosa de la ciudad, una perrita de color negro se nos une a nuestra marcha. Es así como la conexión es inmediata, Adri y yo la bautizamos “Caline” que en francés significa cariñosa, ella nos acompaña durante toda la caminata, es muy gracioso porque parece que fuese nuestra. Adri me mira diciéndome: – No te encariñes, ella se queda aquí y nosotros partimos Juli. –  Yo acepto resignada y disfruto del momento a su lado.

Nosotros seguimos viajando en el tiempo en esta ciudad, mientras tanto la gente local con su amabilidad nos hacen sentir acogidos, empezando por Mariana la dueña de la hostería donde nos estamos quedando.

Villa de Leyva con su belleza autóctona nos brinda la relajación y el descanso que buscamos. Nos quedamos más del tiempo del que pensamos, como siempre es el viaje que nos marca el rumbo y no nosotros.

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