Juliana TISSERANT

Tengo 32 años, soy mujer por naturaleza, colombiana y latina por destino, publicista por título, bióloga marina de corazón, esposa por amor, viajera por descubrimiento interior y amante de la naturaleza y de la fotografía por fascinación.

Mientras que trabajaba y estudiaba en Bogotá e iba por la mitad de mi carrera de publicidad, a los 22 años en 2007 decidí finalizar mis estudios en otro país. Elegí Argentina como destino por conveniencia profesional e inicié todos los trámites para irme lo más pronto posible. Irme de Colombia no solo era seguir mis estudios en otro país, además era dejar mi trabajo en Bogotá, el cual me daba una seguridad económica, dejar el confort de vivir con mamá y papá, para así poder dar nuevo paso en mi vida personal. En febrero de 2008 partí de la casa de mis padres con el sentimiento de que otra etapa iba a comenzar; alegría, excitación, miedo, en fin, un sin número de emociones se mesclaban en mi cabeza y en mi corazón.

En Argentina viví 6 años, que pasé la mayor parte en Buenos Aires y el resto en Patagonia, para ser más exactos en Ushuaia. Durante este tiempo tuve experiencias muy diversas, como estudiante, como trabajadora y claro está como persona. Conocí nueva gente, nuevos lugares y una nueva cultura. Porque, aunque yo hablara el mismo idioma que los argentinos, el español, encontraba siempre algo que nos diferenciaba. Esas diferencias culturales las fui apreciando con el tiempo y me enriquecían día a día. Entonces, estando allí el conocer gente que venía de otras partes del país o mismo del exterior me generaba curiosidad, me creaba muchas preguntas en mi cabeza.

Hacia el 2011 terminé mis estudios, cerré la etapa universitaria y sentí que quedaba en el limbo; en ese momento de mi vida algo faltaba para poder seguir. Tenía un trabajo, amigos, la familia estaba a distancia, pero con buena salud, todo parecía ser correcto. Al siguiente año, decidí tomarme unas vacaciones para descansar un poco y elegí el destino que menos había pensado; Patagonia. ¿Qué iba hacer allá? No conocía nada, a nadie, pero por suerte iba en verano y no iba a padecer el invierno del sur. La Patagonia la conocí por primera vez a principios de 2012, cuando viajé a la parte norte a un pequeño poblado llamado Villa La Angostura. Fue un pequeño viaje que me hizo encontrarme cara a cara con el nomadismo y volver a la naturaleza. Yo y mi pequeña valija de ruedas sentíamos vergüenza al ver tanto mochilero junto. Yo no era la gran mochilera del momento, pero me sentía viajera y las circunstancias hacían que tuviese más ganas de quedarme en ese lugar que de volver a Buenos Aires.

Regresé a la “ciudad de la furia” con la cabeza llena de ideas, las ansias de lanzarme a la aventura, pero, sobre todo, desperté y me di cuenta que ya no quería vivir más en una gran ciudad, al menos por un largo tiempo. Muchas preguntas pasaron por mi mente y para algunas tuve respuestas. Fue en ese momento cuando se dio la oportunidad de ir de nuevo a la Patagonia, aún más al sur. Encontré nuevas expectativas de estudiar una profesión que yo había olvidado: la biología marina. El lugar; Ushuaia, en Tierra del Fuego, la ciudad más austral del mundo donde se dice que “es donde todo empieza”. Allí confirmé mi amor por los viajes. Curiosamente comencé a conocer personas del ámbito del turismo, ámbito en el cual también trabajé, disfruté y del cual aprendí mucho.  En esta pequeña ciudad sentí la alegría de descubrir nuevos lugares, reafirmé mi pasión por la naturaleza con mis nuevos estudios y además encontré, sin saber si era casualidad o no, el amor. Era también un espíritu viajero con el que comparto ahora mi vida y mis sueños.

En 2014 emprendí otro camino, dejé la biología marina en tierras australes y puse mi alma viajera en un primer lugar. Salí de Ushuaia para comenzar un nuevo viaje y esta vez acompañada de Adrien, quien es hoy mi esposo. Junto a él, recorrimos haciendo autostop un poco esa Patagonia que nos había unido y que se mostraba esplendida ante nuestros ojos. Luego, partimos de allí en dirección a Europa. El viaje ya no era solamente ir a otro país, sino a otro continente. Para mí era muy excitante: nuevos miedos, nuevas expectativas, nuevas incertidumbres y las ganas conocerlo todo.

Actualmente, vivo en Francia donde he descubierto otra cultura, conocido otros paisajes y nuevas personas. Así mismo el estar aquí me ha hecho volver a pasiones que había guardado; los animales y en particular los perros. Fortalecí mi relación con estos animales y aprendí mucho más de su comportamiento. Nuevamente viajar enriquece mi vida y mi espíritu. Aunque no conozco muchos países como otros viajeros, la necesidad de moverme de un lugar a otro es constante, no importa si es un nuevo pueblo o una ciudad, quizás un nuevo país, siempre estoy deseosa de armar la mochila y partir a descubrir nuevos horizontes.

Por otra parte, nunca pensé que podría llegar a querer viajar en bicicleta, pero ahora que lo hago lo disfruto. Sé que es una manera de viajar que puede ir bien con otras; como el autostop, el viajar a pie, en combi o en kayak. Muchas son las formas de explorar el mundo y por ahora, la mía es en bici, una forma ecológica que entrena no solo mi cuerpo sino también mi mente.

Por último, les puedo contar que el motor de mi vida lo he ido descubriendo con el pasar de los años; mis sueños y la gente que amo, esos son los que me motivan a conocer, a descubrir, a reinventarme cada día sin esperar el mañana, solamente dejando que él me sorprenda.